El primer estudio muestra el impacto paisajístico de los complejos hoteleros en zonas costeras, mientras que la segunda investigación mide la huella de carbono de las vacaciones y reafirma que los desplazamientos de largas distancias en avión hacen que las emisiones, es decir nuestra huella de carbono, crezcan de forma exponencial.
El valor del paisaje
En el primer trabajo, los investigadores de la UAH y la Universidad de Zaragoza (Uniera) han analizado qué paisajes prefieren los turistas cuando se alojan en grandes complejos hoteleros en un enclave costero, en concreto de Cuba. El estudio compara fotos de la misma zona con y sin construcciones turísticas de distintas categorías, dimensiones, materiales, colores...
Para llevarlo a cabo, los autores siguieron un modelo clásico de psicología ambiental (la matriz Kaplan) pero añadiendo dos variables relevantes para la actividad turística: la “sensación de estar lejos de la rutina” y el atractivo estético del lugar. Con estas determinantes, encuestaron a 780 estudiantes de grado y posgrado de 20 universidades brasileñas y 21 universidades españolas, con amplia cobertura geográfica.
La conclusión es que lo que más pesa al elegir el destino es que el conjunto se perciba como bello y con cierto misterio, no la cantidad de edificios o servicios disponibles. De hecho, el atractivo estético es la variable que mejor se relaciona con la preferencia general, seguida de la variable misterio. Por último, se sitúa la variable compatibilidad (“podría hacer cosas que me gustan en este lugar”) que también tiene mayor correlación con la preferencia general en imágenes sin elementos antrópicos.
En la práctica, los complejos tipo bungalow, de baja altura, materiales ligeros y abundante vegetación autóctona, son los mejor valorados por los potenciales clientes (con una nota media de 3,91 sobre 5). A medida que aumenta la intensidad constructiva (bloques más altos, colores poco integrados y menos vegetación), la preferencia cae en picado (hasta 2,34 sobre 5 en los complejos de mayor intensidad constructiva), incluso aunque el entorno natural siga siendo el mismo. Esto sugiere que saturar la costa de grandes hoteles no solo deteriora el paisaje, sino que puede poner en riesgo el propio atractivo turístico del destino.
La huella de carbono de los turistas españoles
La huella de carbono representa la cantidad total de gases de efecto invernadero emitidas directa o indirectamente, ya sea por una persona, empresa, producto o actividad, medida en toneladas de CO2. Teniendo en cuenta esta premisa, los investigadores de la UAH estudiaron la huella de carbono de los turistas españoles.
A partir de una encuesta a nivel nacional de 980 personas, calcularon las emisiones de gases de efecto invernadero de su viaje más caro del año, sumando transporte, alojamiento, comida, compras y actividades. El promedio ronda los 662 kilos de CO₂ equivalente por viaje; y casi la mitad procede del transporte, sobre todo del desplazamiento hasta el destino.
Los resultados obtenidos confirman que una semana de vacaciones llega a tener el mismo impacto sobre el calentamiento global que cinco semanas en casa. Los viajes internacionales en avión disparan las emisiones personales y, a mayor gasto turístico, mayor huella de carbono. También se observa que las vacaciones de personas con rentas más altas y residentes en grandes áreas urbanas como Madrid o Barcelona tienen un mayor impacto climático.
Ambos trabajos coinciden en un mensaje de fondo: un turismo realmente sostenible pasa por diseñar alojamientos que se integren en el paisaje y por reducir las emisiones asociadas a nuestros desplazamientos, apostando por distancias más cortas, transportes menos contaminantes, cadenas de suministro bajas en carbono y estancias que cuiden tanto el entorno como la experiencia del viajero.
