La creciente penetración de renovables —el 57% de la generación eléctrica en 2025, frente al 42% en Europa— ha reducido el peso del gas en la formación de precios, debilitando el vínculo entre el coste del gas y el de la electricidad. Frente a economías como Alemania o Italia, donde el gas mantiene un papel central, el sistema eléctrico español es hoy más resiliente. Esta es, probablemente, la principal ventaja económica de la transición: menor exposición a la volatilidad internacional, según recoge un informe de BBVA Research. En España, el precio final de la electricidad ya no depende principalmente del mercado mayorista. A medida que ha aumentado la penetración renovable, también lo han hecho otros costes del sistema —servicios de ajuste, restricciones técnicas, redes y componentes regulados— que limitan la caída del precio final.
Así, el sistema se abarata en origen, pero no necesariamente en destino. Las estimaciones de BBVA Research apuntan a que el aumento de la cuota de renovables en el mix eléctrico español —en torno a 20 puntos porcentuales entre 2021 y 2024— habría reducido el precio mayorista de la electricidad alrededor del 20%. Sin embargo, ese descenso apenas se ha percibido en la factura de hogares y empresas. Se abre así una brecha creciente entre el precio mayorista y el final. Incluso con un elevado peso de tarifas indexadas, los costes no energéticos están limitando el abaratamiento efectivo de la electricidad. España ilustra con claridad la dualidad actual del sistema energético europeo.
Por un lado, ha reducido su vulnerabilidad al gas y ha ganado resiliencia frente a shocks internacionales. Por otro, arrastra limitaciones que encarecen el sistema en su conjunto: redes insuficientes, falta de almacenamiento y creciente dependencia de mecanismos de ajuste, añade el informe. "La implicación económica es clara: el despliegue de renovables es una condición necesaria, aunque no suficiente. El cuello de botella ha dejado de ser tecnológico y es, cada vez más, de diseño y regulación del sistema. Sin una inversión decidida en redes, almacenamiento y flexibilidad, los beneficios de la transición seguirán diluyéndose antes de llegar al consumidor final". A ello se añade un reto clave: adaptar el funcionamiento del mercado eléctrico a un entorno dominado por tecnologías de coste marginal prácticamente nulo.
El sistema necesita señales de precio y mecanismos de remuneración que garanticen la cobertura de costes y la seguridad de suministro sin trasladar ineficiencias al consumidor. "España avanza en la dirección correcta, pero el modelo continúa siendo incompleto". La dependencia del gas no ha desaparecido, solo se ha reducido. Y la mayor resiliencia del sistema, aunque evidente en el mercado mayorista, aún no se traduce en una electricidad verdaderamente competitiva. Sin embargo, el problema no es exclusivamente español. Europa ha aprendido a reducir su exposición al gas; ahora debe aprender a abaratar la electricidad. De lo contrario, la transición energética puede acabar erosionando —en lugar de reforzar— su competitividad, concluye el informe.
