Europa no ha hecho los deberes desde la crisis de precios altos de la energía de 2022
Cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der leyen, anuncia que Europa ha pagado 22.000 millones adicionales en importaciones de combustibles fósiles por la guerra de EEUU e Israel contra Irán solo señala la punta del iceberg. Los datos de Eurostat indican que en 2025 la UE gastó en importaciones de petróleo y gas 336.700 millones de euros. Con respecto a 2024, las importaciones de gas licuado aumentaron un 35% en valor y un 24% en volumen.
La reducción de las importaciones de gas y petróleo es lenta e insuficiente desde que en 2022 Putin invadió Ucrania, provocando la penúltima crisis de precios elevados de la energía por la dependencia del gas ruso. Cinco años después se repite la crisis. Europa está en 2026 como en 2022, sin autonomía energética, con la misma dependencia del gas y el crudo, una energía cara, menos protección al medio ambiente y a los consumidores y un mercado diseñado para un mix dominado por la energía fósil y consumidores pasivos.
Al anteponer la neutralidad tecnológica a la neutralidad climática en la taxonomía de 2020, la Comisión Europea inundó de ambigüedad la regulación. Dar al gas y la nuclear la etiqueta verde, desregular las exigencias medioambientales, mantener la opacidad del mercado de C02 y de los centros de datos y la orientación de las directivas “Fit for 55” de 2023 hacia la oferta de energía hipocarbónica o baja en combustibles fósiles, han convertido el Pacto Verde Europeo en una sombra de lo que iba a ser, muy lejos del modelo energético basado en la demanda, energías renovables, eficiencia energética y consumidores activos que desarrollaron las directivas del “paquete de invierno” de 2018.
Mientras el FMI reclama reducir la demanda energética, Bruselas recurre al catálogo de medidas de 2022, que en todo lo que concierne a eficiencia energética no son medidas obligatorias para los gobiernos ni para las energéticas, que identifican el ahorro de energía como menos ingresos (y beneficios) del sistema. El paso atrás que han dado las instituciones europeas desde 2020 para retrasar la transición energética solo es comparable con el error del austericidio impuesto en la crisis de la deuda en 2008.
Los avisos que la Comisión Europea no debe ignorar en la crisis energética de 2026
El primer perdedor de la guerra en Oriente Medio es la lucha contra el cambio climático. Las aseguradoras del Reino Unido han publicado un informe junto a la Universidad de Exeter, “Parasol Lost”, en el que se afirma que un calentamiento del planeta que supere los 2ºC podría provocar una pérdida del 20% del PIB mundial antes de 2050. Los actuarios consideran la naturaleza como un activo que nos retribuye con los recursos naturales y el clima. El punto de inflexión serían los 1,5ºC de calentamiento a partir del cual se dispararán las pérdidas.
La desprotección de los consumidores es otra consecuencia de la guerra. La Confederación Europea de Sindicatos calcula que la guerra encarecerá la factura energética de los hogares europeos en 1.900 euros más al año de media. España con 1.384 euros queda por debajo y Francia supera la media con 2 .510 euros. A ello habrá que sumar el coste adicional de las importaciones de gas y petróleo y su impacto en la inflación.
Lo que el conflicto está cambiando son las tendencias en los mercados energéticos hacia la electrificación de la demanda con renovables, baterías y vehículos eléctricos. BloombergNEF, Ember y la Agencia Internacional de la Energía (AIE) confirman que las crisis tan seguidas de 2022 y 2026 acelerarán la electrificación de la economía para dejar de depender de los combustibles fósiles. Las respuestas tradicionales ya no sirven y habrá que optar por medidas obligatorias para electrificar la demanda, reducir el coste de la electricidad y eliminar las barreras que impiden el despliegue de las tecnologías sostenibles.
El Centro Común de Investigación (JRC) de la Comisión Europea, con datos de 2025, muestra que tecnologías como la energía solar, la eólica y los vehículos eléctricos son ya más eficientes en costes que los combustibles fósiles. La expansión de las baterías de almacenamiento, frente y detrás del contador, acabarán sustituyendo al gas, ampliarán la integración de energías renovables y la flexibilidad del sistema energético, facilitando lo que los combustibles fósiles y la energía nuclear no pueden: una energía asequible para hogares e industrias.
El mismo consenso sobre las tendencias de los mercados se observa al identificar la cuota de renovables de España como clave para suavizar el impacto de la guerra contra Irán, beneficiándose de la transición energética hacia las renovables autóctonas para estabilizar los precios y reducir la exposición al riesgo de la dependencia energética, que es la gran vulnerabilidad de Europa. El impulso de España ha sido reconocido por el FMI y el Banco Central Europeo (BCE).
Según la ONU, la transición hacia las energías renovables ha dejado de ser una cuestión solo ambiental para determinar el futuro de la economía y la competitividad de los países. Aquellos que utilicen menos gas y más electricidad renovable con baterías se verán menos afectados por los impactos de la inestabilidad de la geopolítica del petróleo y el gas.
Por el contrario, el plan AccelerateEU de la Comisión Europea adelanta un conjunto de medidas decepcionante pues repite las actuaciones de 2022 y renuncia a desarrollar las que, con más rigor, estableció la Recomendación (UE) 2021/1749, sobre la aplicación práctica del principio de “primero, la eficiencia energética”, y las establecidas en las directivas europeas de 2018 y 2023. La reducción de la demanda energética se relega a las políticas de los gobiernos nacionales y su aplicación dependerá de la voluntad de cada gobierno.
Von der Leyen ha diseñado un plan que sigue al pie de la letra las peticiones de Eurelectric, la patronal eléctrica europea, dejando para otra ocasión los objetivos climáticos y la estabilidad de precios. El mercado del gas no se toca ni para bajar los precios de la electricidad ni para reducir el uso de los combustibles fósiles, tampoco se modifica el mercado eléctrico y el impuesto a los beneficios de las energéticas se deja a la decisión de los gobiernos. El mercado seguirá referenciado a los precios de la energía más cara, que es el gas, ahora considerado energía sostenible.
En el borrador del plan AccelerateEU, la Comisión Europea contemplaba la “optimización de la energía nuclear”. La energía nuclear, considerada en la taxonomía como energía sin efectos sobre el clima a pesar de tener los residuos más letales del planeta, pasa a ser importante para la transición energética; pero necesita precios altos de la electricidad para ser viable, que en el caso de los reactores modulares (SMR) triplican los de la eólica y la fotovoltaica, como resalta el informe de la Fundación Renovables, “El futuro de la Energía Nuclear en España” de 2025. En un contexto de militarización de Europa, el giro de Von der Leyen hacia la nuclear estremece.
Perdedores y ganadores
La guerra en Oriente Medio está provocando menos crecimiento y más inflación que apunta a crisis financiera. Los países con mayor dependencia de las importaciones de gas y petróleo son los más expuestos y los que tengan reservas o renovables los mejor parados. Por eso España está mejor preparada para afrontar esta crisis; y mejor lo estaría con una mayor capacidad de interconexión eléctrica con el resto de Europa.
La mayor riqueza energética es la menos explotada. Según Bertrand Piccard, de la Fundación Solar Impulse, el derroche de energía en el mundo alcanza el 70% de toda la energía que se produce. Un porcentaje similar representa el potencial de ahorro de energía de la economía europea calculado por el Instituto Fraunhofer de Alemania; sin embargo, la eficiencia energética sigue infravalorada en la misma proporción que se sobreestiman los costes climáticos. El ahorro de energía entra en competencia directa con el sector eléctrico que necesita incrementos de consumo y de precios para facturar a los consumidores pasivos.
A pesar de que el ahorro de energía es la tecnología limpia más viable y asequible no es vinculante ni obligatoria para los gobiernos. Es como un florero de la política energética cuando llegan las crisis de precios frente a las tecnologías de oferta de generación. Por el contrario, los ganadores de esta crisis serán las tecnologías que contribuyan a la reducción de la demanda energética y las que faciliten el acceso de los consumidores a los instrumentos de eficiencia que contribuyan a la autonomía energética y a aumentar la capacidad de energía flexible desde el lado de la demanda.
Es el momento de las renovables distribuidas porque son eficiencia energética
La respuesta de Bruselas no está a la altura del reto que supone afrontar una crisis energética que, según la AIE, supera todas las crisis anteriores juntas. La Comisión Europea ha modificado sus prioridades desde la taxonomía de 2020. La transición energética ya no se apoya exclusivamente en las renovables sino en una mezcla de gas fósil, nuclear, hidrógeno y energía hipocarbónica que va a retrasar los objetivos climáticos al alargar el uso del gas y la energía nuclear en un escenario con mayor presencia de la industria militar y persistiendo las barreras al acceso de los consumidores a su propia energía renovable.
Si en los últimos años la Comisión Europea ha diluido el Pacto Verde Europeo, rebajando las exigencias medioambientales y dando la etiqueta verde a tecnologías que no lo son, como el gas y la nuclear, ahora diluye la eficiencia energética en el ámbito de los gobiernos nacionales. La respuesta de Europa a la guerra de Trump debe devolver al Pacto Verde Europeo su vitalidad original y restaurar la confianza en que solo con eficiencia energética, energías renovables y consumidores activos se puede garantizar la seguridad energética y electrificar y descarbonizar la economía europea.
El IRENA ha destacado el papel estratégico de las renovables en esta crisis por su competitividad en costes para fortalecer la seguridad de los sistemas energéticos reduciendo la exposición a la volatilidad de los precios de los combustibles fósiles. Su primera recomendación a los responsables políticos es el despliegue de las renovables distribuidas para reducir la demanda energética. Porque la generación distribuida es eficiencia energética y el mayor incentivo para electrificar la demanda en sectores como la edificación, la vivienda, la industria y el transporte, así como para transformar al consumidor pasivo en consumidor activo.
La autonomía energética de Europa va a depender de considerar la transición energética como la transformación de un sistema energético centralizado en un sistema distribuido y eso pasa por aplicar el principio de “primero, la eficiencia energética”. Porque la respuesta al shock energético exige otra forma de producir y consumir energía; y eso es la eficiencia energética.
