El estudio, solicitado por Turquía -que ejerce de la cumbre- y por Australia -que será la responsable de sus negociaciones-, aproxima al terreno de lo económicamente viable el objetivo mundial de electrificación del 35% que estudian los países. La cifra, sin embargo, representa un potencial técnico y económico, no una previsión sobre el rumbo que seguirá el consumo energético ni un compromiso internacional ya aprobado.
La AIE ha presentado sus conclusiones en Nueva York, coincidiendo con la Asamblea General de Naciones Unidas y con el último Diálogo de Alto Nivel sobre Transición Energética de la AIE y la COP31.
Menos petróleo y dependencia exterior
Según el informe, la electrificación acelerada reduciría en más de 400.000 millones de dólares las facturas energéticas de los países importadores en 2035 respecto a 2025, según el escenario elaborado por la agencia. El consumo mundial de petróleo sería entonces 18 millones de barriles diarios inferior al que se produciría sin esa aceleración, principalmente por la rápida incorporación de vehículos eléctricos.
El análisis adquiere especial relevancia durante la crisis del estrecho de Ormuz, que ha vuelto a evidenciar la exposición económica de los países dependientes de combustibles importados.
Lo cierto es que la electricidad ya crece casi dos veces más rápido que la demanda energética total y por encima de la actividad económica mundial, impulsada por los vehículos eléctricos, el aire acondicionado, los centros de datos y la fabricación avanzada. No obstante, sustituir combustibles fósiles por electricidad desplaza una parte de la presión hacia la generación y las redes, que deberán atender un consumo mayor sin perjudicar la seguridad del suministro ni elevar los precios.
Las emisiones caerían un 40%
El documento destaca que el transporte, los edificios y la industria concentran conjuntamente más de la mitad de las emisiones energéticas mundiales de dióxido de carbono. En el escenario acelerado de la AIE, sus emisiones disminuirían un 40% hasta 2035, un descenso compatible con los objetivos climáticos internacionales y suficiente para situar las emisiones energéticas totales en una trayectoria descendente.
El beneficio aumentaría si la nueva demanda se cubre con generación de bajas emisiones, especialmente solar y eólica, acompañada de almacenamiento y otras fuentes de flexibilidad, aunque las oportunidades difieren por territorios: en las economías emergentes incluyen la electrificación de bombas agrícolas, vehículos de dos y tres ruedas y procesos de baja temperatura en pequeñas industrias alimentarias o textiles.
Las redes, el próximo cuello de botella
El organismo señala que alcanzar ese potencial exigirá ampliar la generación y las redes, digitalizar el sistema eléctrico e introducir almacenamiento, gestión de la demanda y conexiones más flexibles. La AIE también alerta sobre la concentración de las cadenas de suministro, la dependencia de minerales críticos, los ciberataques y la exposición de las infraestructuras a fenómenos climáticos extremos.
La transición presenta además una barrera distributiva: aunque las tecnologías eléctricas puedan resultar más económicas durante su vida útil, hogares y empresas deben afrontar inversiones iniciales en vehículos, bombas de calor o equipos industriales.
Por ello, los autores del informe piden políticas que faciliten esos desembolsos y repartan sus beneficios. El objetivo del 35% aparece como técnicamente cercano, pero su cumplimiento dependerá de convertir ese potencial rentable en inversiones, redes y medidas públicas concretas.
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