El estudio, titulado 'Renovables 24/7: la economía de la energía solar y eólica', concluye que en las regiones con abundantes recursos solares y eólicos estas configuraciones pueden proporcionar electricidad continua a un coste inferior al de nuevas centrales fósiles. Según IRENA, los costes firmes nivelados de la electricidad para sistemas solares con almacenamiento se sitúan entre 54 y 82 dólares por megavatio-hora (MWh), frente a los 70-85 dólares por MWh de nuevas plantas de carbón en China y más de 100 dólares por MWh de nuevas plantas de gas a escala global.
El dato supone un giro de fondo en uno de los argumentos tradicionales de la industria fósil: la supuesta falta de fiabilidad de las energías renovables. Para el director general de IRENA, Francesco La Camera, esa idea "ya no es válida". A su juicio, la combinación de renovables y baterías no sólo mejora la competitividad, sino que aporta una ventaja estratégica en un contexto internacional marcado por la volatilidad energética y las tensiones geopolíticas.
En la misma línea se expresó el secretario general de la ONU, António Guterres, al valorar el informe. El responsable de Naciones Unidas afirmó que la reciente crisis energética ha dejado al descubierto el verdadero coste de depender del petróleo y el gas, y defendió acelerar la transición energética con inversiones en infraestructuras y mayor cooperación internacional para llevar energía limpia, asequible y segura a todo el mundo.
El informe atribuye esta mejora de costes al rápido abaratamiento de las tecnologías clave durante la última década. Desde 2010, los costes totales instalados de la energía solar fotovoltaica han caído un 87%, los de la eólica terrestre un 55% y los del almacenamiento en baterías un 93%. Ese triple descenso ha transformado la economía de los sistemas híbridos, que además se benefician de plazos de construcción mucho más cortos que las nuevas plantas de gas: habitualmente entre uno y dos años desde la obtención de permisos y conexión a la red.
IRENA destaca además que estas soluciones permiten optimizar conexiones de red limitadas, desplazar la generación a las horas de mayor valor del mercado y reducir la exposición a la volatilidad de los precios energéticos. Por ello, las renovables firmes aparecen ya como una opción atractiva para grandes consumidores que necesitan suministro ininterrumpido, como los centros de datos y las infraestructuras ligadas a la inteligencia artificial.
La agencia también subraya su potencial para sectores difíciles de electrificar, ya que un suministro renovable continuo facilita la producción de combustibles limpios para industrias donde la viabilidad económica depende de operar con altos índices de utilización.
Los cálculos de IRENA muestran que el coste firme de la solar con baterías ha caído desde más de 100 dólares por MWh en 2020 hasta el entorno de 54-82 dólares por MWh en 2025 en zonas de alta irradiación y buenos corredores de viento. Y la tendencia apunta a nuevas rebajas: el organismo prevé reducciones adicionales de alrededor del 30% para 2030 y del 40% para 2035, lo que situaría los costes por debajo de 50 dólares por MWh en los mejores emplazamientos.
Uno de los ejemplos citados por el informe es el complejo de Al Dhafra, en Emiratos Árabes Unidos, que combina energía solar fotovoltaica y almacenamiento en baterías para suministrar 1 gigavatio firme de electricidad limpia a unos 70 dólares por MWh.
La eólica con almacenamiento también mejora posiciones. Para 2025, IRENA estima que sus costes firmes oscilan entre unos 59 dólares por MWh en Mongolia Interior y entre 88 y 94 dólares por MWh en mercados como Brasil, Alemania y Australia. De cara a 2030, el organismo anticipa una horquilla de entre 49 y 75 dólares por MWh. Y los costes pueden reducirse aún más cuando la eólica se combina con solar fotovoltaica, aprovechando perfiles de generación complementarios que disminuyen la necesidad de almacenamiento.
Con este panorama, IRENA defiende que el debate energético ha entrado en una nueva etapa: la de unas renovables capaces de competir no sólo por sostenibilidad, sino también por precio, seguridad de suministro y resiliencia económica. La transición, según el organismo, ya no depende tanto de demostrar que este modelo es viable, sino de acelerar su despliegue.
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