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Por Erika Martínez, presidenta de Goiener

¿Quo vadis, sector energético?

Premio Euskadi de Consumo por sus buenas prácticas "en favor de un consumo responsable", Goiener se define como “un proyecto cooperativo de generación y consumo de energía renovable con el que se quiere recuperar la soberanía energética”. Como comercializadora que es, vende electricidad a usuarios y usuarias finales, pero en un marco muy concreto: "entendemos las cooperativas como entes locales y que impulsan economía cercana a su entorno, por lo que, aunque Goiener puede comercializar a nivel peninsular, se centrará preferentemente en la Comunidad Autónoma Vasca y la Comunidad Foral Navarra" (su sede está en Ordizia, Gipuzkoa). Goiener además impulsa la creación de comunidades energéticas. Pues bien, de cómo ha sido el año 25 y cómo viene el 26 nos cuenta aquí su presidenta, Erika Martínez.
Erika Martínez, presidenta de la cooperativa Goiener

El año 2025 será recordado como el año en el que sistema energético español mostró, sin excusas ni eufemismos, sus costuras más profundas. El apagón fue la evidencia irrefutable de un modelo construido sobre desequilibrios, opacidad y decisiones que han priorizado intereses particulares por encima de la seguridad colectiva. Mientras empresas e instituciones se refugiaban en explicaciones técnicas para no asumir su responsabilidad, la ciudadanía pasaba en tiempo récord de la confusión a la autoorganización.

La reacción posterior ha sido tan preocupante como el propio colapso eléctrico. Meses después, seguimos atrapados en un juego infantil de culpables, donde cada actor se dedica a señalar al de al lado sin ofrecer una autocrítica mínimamente creíble. Esta incapacidad para asumir responsabilidades es, en sí misma, un riesgo para la seguridad y la credibilidad del sistema energético y debería alarmar tanto como el apagón original. Si no somos capaces de identificar fallos estructurales, difícilmente podremos corregirlos.

Este año también ha marcado una desaceleración en uno de los pilares más prometedores y transformadores de la transición: las comunidades energéticas. Tras años de impulso, muchas se encuentran ahora en un momento complejo, incluso crítico. Las grandes empresas entraron en el sector buscando visibilidad y cuotas de mercado, con una clara estrategia corporativa para captar fondos y colonizar un espacio que les incomodaba: el empoderamiento ciudadano.

Durante un tiempo, lograron proyectar una imagen de compromiso, pero ni su lógica interna ni sus prioridades permitían sostener ese papel a largo plazo. Ahora, han empezado a retirarse en cuanto los números no se alineaban con sus expectativas. Y lo que dejan atrás no siempre es un tejido social fortalecido, sino, en demasiados casos, proyectos frágiles que dependen de estructuras externas.

Es aquí donde se demuestra una verdad incómoda: una comunidad energética solo es comunidad si la sostiene la gente, si existe tejido social, compromiso y gobernanza compartida. Sin eso, es un servicio más, y como cualquier servicio en manos de grandes corporaciones, desaparece cuando deja de interesarles. La transición energética no puede depender de movimientos oportunistas; necesita raíces que no se arranquen con cada cambio de ciclo.

Mientras tanto, el debate sobre las energías renovables se ha vuelto cada vez más encarnizado; un campo de batalla don-de se mezclan intereses económicos, desinformación y desconfianza social. Este clima enrarecido dificulta tomar decisiones sensatas y alimenta tensiones que podrían haberse evitado con planificación, escucha activa y transparencia. Se ataca a la tecnología cuando el problema, en muchas ocasiones, es el modelo de implantación.

Se mezcla la oposición a macroproyectos con oposición a la transición energética. Se silencian las críticas legítimas de los territorios mientras algunos promotores siguen actuando como si el despliegue renovable fuese una carrera por cuotas de mercado y no una herramienta para combatir la emergencia climática.

Si no somos capaces de diferenciar entre malas prácticas y la necesidad ineludible de descarbonizar, corremos el riesgo de abrir la puerta a discursos regresivos. En este clima, el negacionismo crece, alimentado por la crispación y la falta de pedagogía, dentro del cual el lobby nuclear aprovecha la fractura social para presentarse, una vez más, como la única alternativa “segura” frente al caos. Nada nuevo: la estrategia del miedo funciona especialmente bien cuando no se construye un clima de confianza.

Como si eso no bastara, 2025 nos ha dejado uno de los episodios políticos más ilógicos de los últimos años en lo que al sector se refiere: la caída del llamado decreto anti apagones. Una medida que debía aumentar la seguridad del sistema y que se vio sacrificada en el tablero político, víctima de pactos cruzados y estrategias de corto vuelo. Con él cayeron herramientas esenciales, como la ampliación del autoconsumo a 5 kilómetros, que habría dado un impulso decisivo a proyectos municipales, empresariales y ciudadanos.

Resulta difícil de explicar que, tras un apagón histórico, las primeras medidas en tumbarse sean precisamente aquellas destinadas a reforzar la resiliencia desde lo local.

Lo que está por venir
Mirando a 2026, los retos del sector son evidentes y apremiantes. Debemos reforzar la capacidad de respaldo y flexibilidad, pero hacerlo apostando por almacenamiento y gestión activa de la demanda. Necesitamos una regulación estable y coherente que deje de cambiar al ritmo de los equilibrios parlamentarios; un compromiso firme con las comunidades energéticas como herramienta de democratización, no como accesorio coyuntural. Hay que trabajar para garantizar que el despliegue renovable respete a los territorios y cuente con participación social real.

Urge repartir responsabilidades de forma transparente entre el operador del sistema, el regulador, las empresas y las administraciones, porque la opacidad actual solo genera desconfianza y bloqueos. Y, sobre todo, tenemos que elevar el nivel del debate público y explicar, con honestidad, que la transición no es solo tecnológica, sino también democrática y cultural.

Construyamos un relato común que permita combatir la desinformación y el negacionismo y asumir que sin ciudadanía informada y corresponsable no podrá haber un cambio real ni duradero. 2025 debería ser un punto de inflexión. Convertir este año en una simple anécdota sería un gran error. Pero si lo entendemos como una llamada de atención, podremos construir un sistema energético que responda de verdad a lo que este país necesita: seguridad, participación, sostenibilidad y justicia. Porque la energía no es solo un sector económico. Es una de las grandes infraestructuras sobre las que se sostiene nuestra vida.

Por Erika Martínez, presidenta de Goiener

 Esta tribuna ha sido originalmente publicada en nuestro Anuario 2025 (edición de papel, ER247), edición que está disponible así mismo, gratuitamente, en formato PDF

• Este es el Panorama de apertura del Anuario: El año de los ceros

• Y este es el editorial de nuestro Anuario 2025

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