Tres vectores han marcado el año: nuevas exigencias normativas, incremento de productos asiáticos y un enorme esfuerzo inversor por parte del sector. Todo ello en un contexto de crecimiento de la demanda eléctrica debido a la electrificación del transporte, centros de datos y procesos industriales, frente a unas redes que no evolucionan al ritmo que exige esta transformación. Las recientes crisis han demostrado que la autosuficiencia industrial es esencial. Durante la pandemia, España fue ejemplo de resiliencia al mantener operativa toda la cadena de valor eléctrica. Sin embargo, en 2025 hemos asistido a un incremento acelerado de las importaciones desde Asia, especialmente China y Turquía.
AFBEL ha seguido esta evolución, y los datos son claros: aumenta la entrada de productos importados mientras cae la fabricación nacional. Esta tendencia amenaza un tejido industrial estratégico y plantea un grave problema de dependencia externa. Si Europa no protege el contenido local, incluso en proyectos financiados con fondos públicos, se repetirán los efectos observados en otros sectores industriales. Pero aquí hablamos de una infraestructura crítica. No se puede perder capacidad nacional sin poner en riesgo la calidad del servicio y la seguridad del suministro.
Competencia justa y vigilancia de mercado
Una de las prioridades del sector es mejorar la vigilancia de mercado. Muchos productos importados no cumplen con los estándares técnicos ni con la documentación que sí se exige a los fabricantes europeos. Esta desigualdad normativa crea una competencia desleal que compromete la seguridad de las instalaciones y la estabilidad del sistema. El apagón ocurrido este año demostró lo que está en juego. Solo gracias a la rápida actuación de los operadores y a la fiabilidad de los equipos se restableció el servicio en menos de 24 horas. Esa capacidad de respuesta no puede darse por sentada: es fruto de décadas de inversión, talento y tecnología. Debilitar la industria nacional con productos no homologados supone un riesgo innecesario.
CBAM y desventaja competitiva
A este contexto se suma el impacto del Mecanismo de Ajuste de Carbono en Frontera (CBAM), que penaliza la importación de materias primas, pero no la de productos terminados. Así, un fabricante nacional debe pagar por la huella de carbono del acero que importa, mientras un producto similar fabricado fuera de la UE puede entrar sin ese coste por tener un código arancelario distinto. Esta paradoja regulatoria pone en desventaja a la industria local y favorece a proveedores sin exigencias ambientales ni sociales. En lugar de impulsar la descarbonización, se penaliza a quienes invierten en hacer las cosas bien.
Innovación acelerada, talento escaso
2025 ha sido también un año clave en innovación. La entrada en vigor del nuevo Reglamento de Gases Fluorados en 2026 ha obligado a acelerar el desarrollo de soluciones sin SF6, lo que ha supuesto una inversión significativa en I+D+i. Este esfuerzo tecnológico ha sido posible gracias a la alta cualificación de los profesionales del sector. Pero el relevo generacional está en riesgo. La escasez de vocaciones técnicas amenaza con frenar esta transformación. Sin talento, no hay industria. Y sin una apuesta clara por la formación, España puede perder una oportunidad histórica para reindustrializarse. El 70% del mercado de bienes de equipo está vinculado al sector regulado (transporte y distribución), y el 30% al ámbito privado (renovables, autoconsumo, centros de datos, etc.). Para cumplir con el PNIEC habría que triplicar las inversiones actuales en infraestructura eléctrica. Sin embargo, los límites legales de inversión son obsoletos y las señales regulatorias para el próximo periodo (2026) no son alentadoras.
Urge una regulación más flexible y realista. Si no se adapta la retribución a los costes financieros y a las necesidades de la transición energética, no será posible acometer el refuerzo y modernización de las redes.
La digitalización no es opcional El modelo eléctrico ha cambiado. Ya no hablamos de una generación centralizada y previsible, sino de una red distribuida, con alta penetración de renovables, almacenamiento, agentes que generan y consumen, y tecnologías que interactúan en tiempo real. Gestionar esta complejidad exige digitalización. No se trata solo de eficiencia: se trata de garantizar estabilidad, integración tecnológica y capacidad de respuesta ante incidentes. Las redes del futuro deben ser inteligentes, resilientes y escalables.
Desde AFBEL creemos que la digitalización no es negociable. Y debe venir acompañada de una estrategia industrial que proteja a quienes desarrollan y fabrican la tecnología necesaria para esta transición. Solo así lograremos un sistema eléctrico preparado para los retos del futuro.
