Hemos cerrado 2025 celebrando el IX Congreso Nacional de las Energías Renovables, que ha reunido estos días a más de 400 profesionales. Y, como ocurre cuando se juntan quienes llevan años empujando en una misma dirección, el ambiente combinaba orgullo y sentido de propósito: el pasado año, cerca del 57% de la electricidad española ya fue renovable, y el país mantiene un liderazgo que se observa desde fuera con admiración.
Pero sería irresponsable quedarnos sólo con el aplauso y los parabienes. Se respiraba ánimo y esperanza, cierto, pero también dudas reales sobre la evolución del sector a corto y medio plazo. No son dudas sobre el destino, son dudas sobre cómo recorremos el camino. Y, por eso, conviene nombrarlas con claridad: estamos viviendo ya los desequilibrios entre tecnologías y desequilibrios entre oferta y demanda que llevamos años denunciando desde la Asociación. Ambos desequilibrios están tensionando la operación del sistema, el mercado y, sobre todo, la percepción de seguridad y de estabilidad.
El primer desequilibrio es el que todos vemos en los gráficos: el desequilibrio entre tecnologías. En muy poco tiempo hemos incorporado más de diecisiete gigavatios (17 GW) de fotovoltaica a red y unos 6 GW adicionales de autoconsumo, mientras otras tecnologías avanzan a un ritmo menor. El resultado es una curva de precios “hundida” a mediodía y con precios altos al caer la tarde: muchas horas a precio cero y negativo.
En 2024, alrededor del 9% de las horas del año cerraron en esos niveles, concentradas en las horas centrales del día, cuando la producción solar es máxima. En paralelo, se dispara la otra cara del mismo fenómeno: los vertidos. En sólo un año, hemos pasado de hablar de un 8% al 17% de vertidos en determinados momentos, una cifra que ilustra hasta qué punto estamos desperdiciando electricidad limpia.
El vertido es, en la práctica, como cocinar más comida de la que cabe en la mesa: por muy buena que sea la receta y muy rica que esté, si nadie la puede comer a tiempo, acaba en la basura. Y el desperdicio no es sólo económico: también es climático, porque sustituimos menos combustibles fósiles y porque se pierden ingresos que deberían financiar la transición y la industrialización.
Electrificación
El segundo desequilibrio es, si cabe, más estratégico: el de oferta y demanda, fruto de una electrificación que avanza muy lentamente. Hoy la electricidad ni siquiera representa el 25% de la energía que consumimos en España. Es decir: estamos descarbonizando rápido donde ya somos fuertes –el sector eléctrico–, pero seguimos sin transformar al ritmo necesario los grandes consumos fósiles.
Esto se nota en el transporte, en la climatización y en parte de la industria, que todavía dependen, en exceso, de combustibles importados y volátiles.
Este desequilibrio también explica por qué, tras el “cero energético” de abril, el debate ha cambiado de tono. Ya no hablamos sólo de desplegar, hablamos de integrar. Y hablamos, además, de operar: hoy se sigue operando el sistema de forma reforzada para minimizar riesgos, pero esa operación tiene un coste. Limita aportación renovable, aumenta vertidos, incrementa emisiones y encarece la energía, afectando directamente a la competitividad industrial.
No podemos resignarnos a que esta operación sobredimensionada se convierta en la norma. ¿Dónde está la salida? Precisamente en lo que el Congreso ha repetido, casi como un mantra compartido: la solución no es frenar renovables, sino acompañarlas. Y acompañar significa tres cosas.
Primero, equilibrar el mix
Necesitamos acelerar tecnologías complementarias, reconocer el valor de la gestionabilidad y no confundir valor con precio: el sistema no se sostiene sólo con megavatios baratos, se sostiene con megavatios útiles cuando se necesitan, y con reglas que premien ese servicio.
Segundo, almacenamiento y flexibilidad. Bombeo hidráulico y baterías donde aporten más, pero también redes reforzadas, digitalización y una demanda que participe. El almacenamiento no sólo desplaza energía: suaviza picos, reduce horas anómalas y recorta vertidos; pero, sin demanda, será un “parque” que no resuelve el problema de fondo.
Y tercero, electrificación con medidas concretas. No basta con pedirla: hay que hacerla fácil.
El vehículo eléctrico, las bombas de calor y la sustitución progresiva de calderas fósiles deben ser el estándar, no la excepción.
Sabemos, además, que no es sólo una decisión ambiental: un hogar completamente electrificado puede ahorrar del orden de 1.400 euros al año; y en industria, muchas soluciones eléctricas reducen el coste total de propiedad entre un 50% y un 60%. Electrificar es rentable, sostenible y urgente.
Moléculas locales
Allí donde electrificar no sea técnica o económicamente sencillo, no debemos caer en dogmas: la bioenergía y los gases renovables deben dar un paso al frente para sustituir moléculas fósiles por moléculas locales, apoyando al medio rural y a la gestión de residuos.
El cierre del Congreso constata, por el nivel y la sofisticación de los debates, que España ya es referencia mundial en despliegue y que ahora toca serlo también en integración.
Si convertimos los precios bajos del mediodía en una ventaja competitiva –atrayendo industria, electrificando consumos y almacenando excedentes–, dejaremos de “tirar” energía limpia y rentabilizaremos, aún más, las inversiones.
La transición no es sólo instalar megavatios: es cambiar cómo consumimos, cómo gestionamos y cómo competimos. Y, si lo hacemos bien, las dudas se transformarán en confianza y en competitividad.
Por José María González Moya, director general de la Asociación de Empresas de Energías Renovables (APPA)
• Esta tribuna ha sido originalmente publicada en nuestro Anuario 2025 (edición de papel, ER247), edición que está disponible así mismo, gratuitamente, en formato PDF
• Y este es el editorial de nuestro Anuario 2025
