IRENA (Agencia Internacional de Energías Renovables) es una organización intergubernamental creada en 2009 con el objetivo de promover el uso sostenible de las energías renovables en todo el mundo. Con sede en Abu Dabi, se ha consolidado como una de las principales referencias internacionales en el análisis, asesoramiento y cooperación en materia energética.
IRENA reúne a más de 160 países y a la Unión Europea, actuando como plataforma para coordinar políticas, compartir conocimiento y acelerar la adopción de tecnologías limpias. Su labor abarca desde la elaboración de informes sobre costes y despliegue de renovables hasta el apoyo técnico a gobiernos en la planificación de sus sistemas energéticos.
Uno de sus principales roles es proporcionar datos y análisis que demuestran la creciente competitividad de las energías renovables frente a los combustibles fósiles. A través de sus estudios, la agencia ha contribuido a cambiar la narrativa global, situando a las renovables no solo como una solución climática, sino como una opción económica viable y estratégica.
Empecemos con un poco de contexto: en los últimos 25 años, las energías renovables han pasado de los márgenes al centro de los sistemas energéticos globales. ¿Cuál crees que es el verdadero punto de inflexión en esa transformación?
Creo que el punto de inflexión es, sobre todo, la economía que hay detrás de todo este proceso. Hoy existe una megatendencia muy clara hacia la electrificación, y en ese contexto la forma más barata de producir electricidad es mediante energías renovables.
Evidentemente, la lucha contra el cambio climático ha empujado a los gobiernos a apostar por sistemas más limpios, pero en este momento lo que realmente impulsa la transición son factores como la competitividad y la seguridad energética.
Tras las distintas crisis de los últimos años, la inversión en renovables ha crecido precisamente porque los países buscan independencia y estabilidad. Además, no hay que olvidar que generan más empleo que los combustibles convencionales y que son, a día de hoy, la herramienta más inmediata y disponible que tenemos para combatir el cambio climático.
Todo esto hace que el cambio no solo sea deseable, sino también lógico desde el punto de vista económico.
Mirando atrás, ¿hubo un momento en que te diste cuenta de que las renovables ya no eran la alternativa, sino la solución inevitable?
Nosotros monitoreamos cada año tanto la capacidad instalada como la evolución de los costes, y esos datos son muy reveladores. Recuerdo que al comenzar mi mandato en IRENA en 2019, durante un segmento de alto nivel sobre desarrollo sostenible en Nueva York, ya afirmé que este proceso era imparable.
No era una intuición, sino una conclusión basada en cifras muy claras: todo estaba cambiando rápidamente. La caída de costes, el aumento de la capacidad instalada y el creciente interés inversor apuntaban todos en la misma dirección.
Y, además, cambiará aún más deprisa en cuanto el almacenamiento de energía sea más competitivo que mantener operativas plantas de carbón antiguas. En ese momento, el cambio se acelerará todavía más, pero lo importante es que el motor de la transición ya está en marcha y es difícil imaginar que se detenga.
Hablemos de esta “década decisiva”. ¿Es financieramente realista triplicar la capacidad renovable para 2030, o estamos subestimando la complejidad de la tarea?
Creo que todavía es posible lograrlo. Es cierto que el reto es enorme, pero estamos avanzando y nos estamos acercando a ese objetivo. Hay una movilización de capital muy significativa y un interés creciente por parte de inversores públicos y privados. Mi principal preocupación no es tanto si alcanzaremos o no esa meta, sino el hecho de que no estamos teniendo el mismo nivel de éxito en materia de eficiencia energética.
Si la demanda crece más rápido de lo previsto, la brecha entre oferta y demanda podría ampliarse, y es fundamental que ese incremento se cubra con renovables y no con combustibles fósiles. En ese sentido, incluso triplicar la capacidad podría quedarse corto si la demanda se dispara más de lo esperado, lo que añade presión adicional a los sistemas energéticos.
¿Se mueven los gobiernos lo suficientemente rápido, o son los mercados los que lideran?
Los datos indican claramente que son los mercados los que están liderando este proceso. Las políticas de los 2000 a 2010 fueron fundamentales para permitir la entrada de las renovables en el sistema, pero hoy en día apostar por ellas es simplemente más conveniente desde el punto de vista económico.
Ahora el papel de las políticas debe centrarse en acelerar el proceso y en eliminar barreras: mejorar la infraestructura, reforzar las redes, aumentar la interconectividad, garantizar flexibilidad y adaptar los marcos legales.
También hay un desafío importante en el ámbito laboral: necesitamos formar y recapacitar a trabajadores procedentes de los combustibles fósiles y apoyar a los programas educativos para responder a esta nueva realidad.
En definitiva, los gobiernos deben facilitar el camino para que una tendencia que ya existe pueda desplegarse con mayor rapidez.
Hablemos de geopolítica. ¿Te preocupa la concentración de las cadenas de suministro de tecnología limpia en unos pocos países?
No podemos criticar a los países que hace 20 años decidieron invertir y que ahora tienen una mayor cuota de mercado; no son responsables de haber tomado esa decisión antes que otros.
Aún estamos a tiempo de ponernos al día mediante asociaciones estratégicas con regiones como África, Asia Central o el Sudeste Asiático. Además, los minerales críticos están bastante distribuidos geográficamente, lo que ofrece oportunidades para diversificar las cadenas de suministro.
En lugar de centrarnos en que otros tienen ventaja, deberíamos enfocarnos en cómo alcanzarlos y en cómo construir alianzas que beneficien a todas las partes. En este sentido, Europa tiene grandes oportunidades, especialmente si refuerza su integración energética con el norte de África.
Sobre la competitividad industrial de Europa, ¿corre el riesgo de perder la carrera de la energía limpia?
España es un ejemplo muy claro en este ámbito. Mientras algunos discursos se centran en crisis puntuales, a menudo se pasa por alto que actualmente el coste de la electricidad en España es más bajo que en otros países europeos. Esto demuestra que avanzar en renovables puede traducirse en ventajas competitivas reales.
La competitividad en los próximos 20 años dependerá en gran medida de la capacidad de mover electrones y moléculas al menor coste posible. Y si esa capacidad se puede lograr mejor con energías renovables, entonces la decisión es evidente: hay que apostar por ellas.
No se trata solo de una cuestión ambiental, sino también económica e industrial.
Al otro lado del océano, Donald Trump anunció que EE.UU. se retira de IRENA. ¿Qué impacto tendrá esto?
Estados Unidos es un socio muy importante para nosotros y, por supuesto, nos preocupa su salida, aunque todavía no se ha formalizado completamente. Habrá un impacto financiero significativo, ya que aportan el 22% de nuestro presupuesto obligatorio.
Pero también perderemos una contribución técnica muy valiosa: sus representantes siempre han estado muy bien preparados y han participado activamente, especialmente en nuestros proyectos en África.
Su implicación ha sido relevante no solo en términos económicos, sino también en conocimiento y capacidad técnica. Lamentamos esta decisión, pero la agencia continuará su trabajo con el resto de sus miembros.
Volviendo a España, ¿cómo evalúas su papel hoy en la transición global?
España va a tener una influencia muy relevante.
El futuro energético de Europa depende en gran medida de una mejor conexión entre Portugal, España y el resto del continente, así como del aprovechamiento del potencial eólico del Báltico y del Mar del Norte.
Es bastante evidente que una mayor interconectividad e integración traerá beneficios para todos, tanto en términos de costes como de seguridad del suministro. Nuestros modelos muestran claramente que el coste de la electricidad bajará en Europa y que se generarán más empleos.
Además, España apoya nuestra iniciativa para América Latina, lo que refuerza su papel como puente energético entre regiones, y ese será uno de los temas que abordaré en mi reunión con la ministra Aagesen.
Si el mundo no logra sus objetivos climáticos, ¿será por límites tecnológicos o por voluntad política?
Sin duda, será por voluntad política.
La tecnología está disponible y sigue avanzando, y hoy conocemos con claridad la competitividad de las distintas soluciones. Lo que marcará la diferencia es la decisión de aplicar con suficiente ambición y rapidez.
En última instancia, no es un problema de capacidad técnica, sino de prioridades y de compromiso por parte de los responsables políticos.
El mundo se encuentra ante una oportunidad histórica que difícilmente se repetirá: la transición energética no solo responde a una necesidad ambiental, sino también a una lógica económica cada vez más evidente.
Con la tecnología disponible, los costes en descenso y los mercados empujando en la misma dirección, el margen de duda es cada vez menor. La cuestión ya no es si el cambio ocurrirá, sino a qué velocidad y con qué nivel de ambición se llevará a cabo.
De ello dependerá no solo el cumplimiento de los objetivos climáticos, sino también la competitividad de las economías en las próximas décadas.
